Donde hay una Cruz no se Orina

Quevedo no sólo tenía la fama, también cardaba la lana. En el Madrid del siglo XVII había costumbre no sólo de dejar caer desde las ventanas el contenido de los orinales después de gritar aquello de «Agua va», también era común orinar en la calle, y más concretamente en las esquinas.

Ambas situaciones tenían el mismo resultado, pasear por las calles se hacía en muchos casos insoportable debido al hedor provocado por aquellos líquidos. Para combatirlo se colocaron en los sitios más «comunes» donde la gente orinaba, cruces y junto a los crucifijos una inscripción que decía: “Donde hay una cruz no se orina”.

Aquella «norma» debía surtir efecto ante los viandantes que orinaban en la vía pública. Y quizá fue así, pero no para Quevedo que sintiéndose con ganas de orinar busco sitio y lo hizo. Mientras orinaba vio la cruz y la frase y al terminar añadió: “… y donde se orina no se ponen cruces”.

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